Detrás de todo personaje, siempre
se esconde un hombre. Un hombre al que
acompaña una mujer y que, como los demás, siente el paso lento de las jornadas
sin esperanza o el ritmo arrollador de los días felices; un ser que ama y
sufre, duda y se recupera. Y en ocasiones, los hechos, las decisiones y las
actuaciones tienden a borrar con su peso la imagen del hombre que va detrás de
ese personaje. En el número 16 de la
calle Príncipe está la casa de mis abuelos. Ahora es na casa moderna que apenas
recuerda la antigua construcción de adobe y madera. La avenida que hay frente a
la casa, también ha cambiado, antes era un camino polvoriento, transitado
únicamente por carretas de mulas, caballos y carretones de bueyes, con el paso
del tiempo, se transformó en una avenida que arrasó los árboles donde mi padre
y sus amigos cazaban gorriones. Hoy
sufre el paso de coches con prisa, algún que otro bocinazo y gente que
cruza, temerosa de ser atropellada. Todo esto lo ha visto la casa de mis
abuelos, y aunque ella misma ha cambiado tanto, el rosal del patio es el mismo
que, cuando nació su primer hijo, plantó mi abuela Victoria, la mujer que en
las épocas buenas y en las muchas malas, siempre acompañó al viejo luchador. La
preocupación de la abuela Victoria, en los primeros tiempos de vivir en la
casa, fue convertir un rincón del gran patio en un jardín, un hermoso jardín
donde pasaría todo el tiempo posible. Con los primeros rayos de sol primaveral
empezaba a salir a su jardín armada con una silla de enea y la cesta de mimbre
llena de ropa para coser, remendar, y cuando no había qué remendar…bordar. Eso
sí, rodeada de las flores que, decía, le daban la vida que los quehaceres
diarios le quitaban. El abuelo era un hombre que hipnotizaba, hay una imagen
suya que nunca podré olvidar. Era un día de otoño, frío, y él estaba vestido
como siempre, pantalón marrón de pana ancha, chaqueta de paño grueso raída en
los bajos y en los bordes de las mangas y llevaba también su inseparable boina
negra. Lo vi salir al patio, como todos los días, y fui tras él. Allí, cerca
del pozo se detuvo y empezó a tirar migas de pan y granos de trigo que llevaba
en la mano. Y los gorriones bajaron a comer y algunos se le posaron en los
hombros.
CEBREIRO, GROSELLAS ROJAS Y PISTACHOS
Ingredientes:
300 grs de
leche evaporada.
75 grs de grosellas rojas.
30 grs de
pistachos pelados y picados.
1 c.s de zumo
de limón.
½ c.c de
pimienta blanca.
4 hojas de
gelatina.
Elaboración:
Elaboración:
Poner a
rehidratar las hojas de gelatina en agua fría.
Mezclar el
queso de Cebreiro con parte de la leche evaporada (reservar una poca para
diluir la gelatina), el zumo de limón y la pimienta blanca. Mezclar bien con la
batidora.
Calentar la
leche evaporada (que no hierva) , retirar del fuego y añadir la gelatina bien
escurrida y mezclar hasta que esté completamente disuelta.
Añadir la
gelatina disuelta en la leche a la mezcla de queso, remover para integrar todo
y mezclar con cuidado con las bayas de las grosellas.
Verter en un
molde, previamente untado con aceite de girasol (facilitará su desmoldado) o
con su interior recubierto con film de cocina.
Madre mía Sonsoles, eso debe estar de muerte feliz!!.
ResponderEliminarMe encanta el dulce que has preparado y la historia, no se si será verídica en este caso, aunque si decirte que no se que tienen los abuelos que nunca los olvidamos y sacan nuestra parte más tierna.
Me quedo con todo, este dulce es para sorprender.
Un besazo
Un postre que se convierte en un broche de oro para finalizar cualquier comida o merienda, aunque creo que este manjar entra bien a cualquier hora y más si cabe, con esos constrastes tan sugerentes.
ResponderEliminar¡Un abrazo!
Esto tiene que estar delicioso, sin duda. La imagen de tus abuelos coincide al 100% con la de los míos, sobre todo, esa imagen de tu abuela sentada en la silla de nea con la costura en el regazo. Besos :)
ResponderEliminarUna receta muy buena enmarcada con un relato que nos ha hecho viajar en el tiempo.
ResponderEliminarBesos Sonsoles,desde
http://siempreseraprimavera.blogspot.com.ar/2016/04/piruletas-de-caramelo-con-flores.html
¡¡Hola Sonsoles!! Hoy casi me despistas con el día de publicación, pero lo importante es que estés compartiendo otra vez con nosotros.
ResponderEliminarMe gusta mucho las historias con abuelos, y más si son de recuerdos bonitos. Yo no tuve tanta suerte. Mis abuelos paternos a penas los conocí, y con mis abuelos maternos, a pesar de ir todos los veranos, no son precisamente mis mejores recuerdos. Me sentía muy sola con ellos y no entendía lo poco cariñosos y los estrictos que eran. ¡¡Ni la tele me dejaban ver!! ¡¡Ni un día a la semana!! Siempre he añorado tener unos abuelos como los demás niños, y no se si será por eso, pero me encantan todas las historias con abuelitos.
Tu receta de hoy es estupenda, pero yo creo que para mi, con un poco de azúcar mejor (ya conoces mi amor por lo dulce). Y bueno, como receta salada, en una tosta para desayunar, seguro que así es perfecto. Besitos.
Que coisa fantástica!
ResponderEliminarPreciosa historia, mi abuelo era más de ciudad y menos tierno y no conocí rasgos suyos como estos, tu queso de hoy inmejorable!! un beso
ResponderEliminarQue maravilla de dulce, este queso me encanta, por su textura y sabor y tu le has dado una vuelta más con todo lo que le has puesto, me ha encantado...Bess
ResponderEliminarSonsoles, te he echado de menos, ya sabes que para mi los domingos no son lo mismo sin tus preciosos relatos.
ResponderEliminarQue bonito, por cierto el de hoy, estaba leyéndolo y he visto tantas escenas familiares para mi en él, que casi he llegado a pensar que te he contado cosas de mi vida sin habernos visto nunca.
Un bocado delicioso, y aunque nos das la opción de poder cambiara el tipo de queso, ya no sería esta delicia que tu has hecho, porque debe estar fantástico.
Besos, y ven cuando puedas, pero ven.
Hola Sonsoles, andaba buscándote!! el postre se ve delicioso, tan elegante y seguro que es una delicia. por otro lado el recuerdo de los abuelos está siempre en mi mente, sobre todo los maternos que siempre estuvieron a mi lado. Sin embargo lo que dices de tu abuela , que las flores le daban vida es lo que más recuerdo de mi madre, tenía unas plantas maravillosas, que cuidaba con mimo , además les hablaba como de si sus niñas se tratara. Tenía un don especial para ellas. Creo que cuando no pudo cuidarlas se fue. Un beso y mil gracias querida amiga!
ResponderEliminarPintaza la de este postre!!! me lo apunto ya!! que cosa mas rica y bonita. Bs.
ResponderEliminarLo que me gustan este tipo de postres,sólo me falta un poquito de salsa de frutos rojos por encima pero te perdono,jeje.
ResponderEliminarUn besazo.
No es un postre....que es un aperitivo, por eso no lleva dulce.
ResponderEliminarMadre mía Sonsoles, qué rico, menuda elaboración para dipear con tostas, aunque, si le quitas la pimienta y le metes dulce tiene que ser una bomba explosiva, jejejejejej,
ResponderEliminarme requeteencanta, jajajaj
un besazo mi niña!
No llegué a conocer a tres de mis abuelos y del cuarto conocí poco tiempo, sera por eso que me arrimo a ellos y me encanta escucharles y mirar su caminar lento, también su mal genio. Un relato muy bonito y una receta muy buena,
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